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Bienvenidos a nuestra revista virtual que pretende mostrar de todo, desde cosas alocadas hasta cosas un poco centradas, pero sobre todo más alocadas.

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De antemano, les agradecemos esta previa lectura y a disfrutar...

Editorial

¡En este número!
Con motivo de la primavera, hemos decidido abordar artículos relacionados con la naturaleza, desde el comportamiento de la Tierra hasta las catástrofes causadas por la contaminación humana, así como algunas soluciones para evitar que el calentamiento global nos siga afectando. Pon tu granito de arena y colabora contestando la encuesta en nuestro enlace. En la sección de música encontrarás algunas canciones que le tocan a la madre Tierra y preocupaciones mundiales acerca de la manera cruel en como tratamos nuestro entorno. Disfruten la lectura y no olviden dejarnos sus comentarios acerca del impacto contaminante de nuestra era XD
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sábado, 6 de marzo de 2010

La leyenda del fuego - Leyenda tradicional mexicana



Hace muchos años los huicholes no tenían fuego y, por ello, su vida era muy dura. En las noches de invierno, cuando el frío descargaba sus rigores en todos los confines de la sierra, hombres y mujeres, niños y ancianos, padecían mucho.

Sólo deseaban que las noches terminaran pronto para que el sol, con sus caricias, les diera el calor que tanto necesitaban.

No sabían cultivar la tierra y habitaban en cuevas o en los árboles.

Un día el fuego se soltó de alguna estrella y se dejó caer en la tierra, provocando el incendio de varios árboles. Los vecinos de los huicholes, enemigos de ellos, apresaron al fuego y no lo dejaron extinguirse. Nombraron comisiones que se encargaron de cortar árboles para saciar su hambre, porque el fuego era un insaciable devorador de plantas, animales y todo lo que se ponía a su alcance.

Para evitar que los huicholes pudieran robarles su tesoro, organizaron un poderoso ejército encabezado por el tigre. Varios huicholes hicieron el intento de robarse el fuego, pero murieron acribillados por las flechas de sus enemigos.

Estando en una cueva, el venado, el armadillo y el tlacuache tomaron la decisión de proporcionar a los huicholes tan valioso elemento, pero no sabían cómo hacer para lograr su propósito. Entonces el tlacuache, que era el más abusado de todos, declaró:

—Yo, tlacuache, me comprometo a traer el fuego.

Hubo una burla general hacia el pobre animal. ¿Cómo iba a ser que ese animalito, tan chiquito él, tan insignificante, fuera a traer la lumbre? Pero éste, muy sereno, contestó así:

—No se burlen, como dicen por ahí, “más vale maña que fuerza”; ya verán cómo cumplo mi promesa. Sólo les pido una cosa, que cuando me vean venir con el fuego, entre todos me ayuden a alimentarlo.

Al atardecer, el tlacuachito se acercó cuidadosamente al campamento de los enemigos de los huicholes y se hizo bola. Así pasó siete días sin moverse, hasta que los guardianes se acostumbraron a verlo. En este tiempo observó que con las primeras horas de la madrugada, casi todos los guardianes se dormían. El séptimo día aprovechando que sólo el tigre estaba despierto, se fue rodando hasta la hoguera. Al llegar, metió la cola y una llama enorme iluminó el campamento. Con el hocico tomó una brasa y se alejó rápidamente.

Al principio, el tigre creyó que la cola del tlacuache era un leño; pero cuando lo vio correr, empezó la persecución. Éste, al ver que el animalote le pisaba los talones, cogió la brasa y la guardó en su marsupia.

El tigre anduvo mucho sin encontrarlo, hasta que por fin lo halló echado de espaldas, con las patas bien apoyadas contra una peña. Estaba allí, descansando tranquilamente y contemplando el paisaje. El tigre saltó hacia el tlacuache, decidido a vengar todos los agravios.

—Pero, compadre, ¿por qué? —le dijo el tlacuache—. ¿No ves acaso que estoy sosteniendo el cielo? Ya casi se nos viene encima y nos aplasta a todos. Podrías mejor ayudarme, quedándote en mi sitio mientras yo coy por una tranca. De esta manera estamos salvados.

El tigre, muy asustado, aceptó colocarse en la misma posición en la que estaba el tlacuache, apoyando las patas contra la peña.

—Aguanta hasta que venga, compadre. No tardaré —dijo el tlacuache.

El tlacuache salió disparado, mientras el tigre se quedaba ahí, patas arriba. Pasó un ratote y el tigre ya se había cansado.

—¿Qué andará haciendo este tlacuache bandido que no viene? —protestaba el tigre.

Siguió esperando, sin moverse. Pronto ya no pudo más. —Me voy aunque el cielo se venga abajo —pensó y se levantó rápidamente.

Se asombró de ver que no pasaba nada, que las cosas seguían en su sitio. El tlacuache lo había engañado otra vez. Salió a buscarlo enfurecido. Lo encontró en la punta de un peñasco, comiendo maicitos, a la luz de la luna llena. En cuanto el tlacuache lo vio venir, hizo como que contaba los granos y se apresuró a decirle:

—Mira compadre, ¿ves esa casa que está allá abajo? Ahí venden ricos quesos, podemos comprar muchos con este dinerito.

—Pero no veo cómo llegaremos a esa casa.

—Es fácil compadre. Cuestión de pegar un salto. Ya otras veces he saltado y nada me ha pasado —argumentó el tlacuache.

—Bueno, saltemos juntos. No vaya a ser que te quedes aquí arriba o que llegues primero abajo y te escapes.

Mientras el tigre recogía los maicitos, pensando que eran dinero, el tlacuache aprovechó para encajar su cola en una grieta, sin que el otro se diera cuenta. Los dos se pararon al borde de la peña. Cuando el tigre dijo: “¡ya!”, el tlacuache saltó pero no se movió de su sitio pues tenía la cola encajada. El tigre pegó un gran brinco y voló derechito hacia la luna llena, hasta desaparecer.

Por fin, herido y exhausto, el tlacuachito llegó hasta el lugar donde estaban los otros animales y los huicholes. Allí, ante el asombro y la alegría de todos, depositó la brasa que guardaba en su bolsa. Todos sabían que tenían que actuar rápidamente para que el fuego sobreviviera. Así que levantaron una hoguera con zacate seco y ramas. Arroparon al fuego, lo apapacharon y lo alimentaron. Pronto creció una hermosa llama.

Después de curar a su bienhechor, los huicholes bailaron felices toda la noche.

El generoso animal, que tantas peripecias pasó para proporcionarles el fuego, perdió para siempre el pelo de su cola; pero vivió contento porque hizo un gran beneficio al pueblo. En cambio, cuenta la gente que el tigre fue a caer en la luna y que todavía se le puede ver ahí de noche, parado con el hocico abierto.

BIBLIOGRAFÍA

“La leyenda del fuego” en Celia Díaz Argüero, María del Carmen Larios Lozano (et. al.), Español. Sexto grado, 2ª. ed., SEP, México, 1998, pp. 68 - 70.

sábado, 6 de febrero de 2010

La dama del Parián - Leyenda de Aguascalientes



Corrían los últimos años del siglo XIX, era la década de 1880 y El Parián como el centro comercial y social en la ciudad de Aguascalientes había llegado a su completa consolidación. Nació poco antes de 1830, tenía más de medio siglo de existencia y bajo sus portales deambulaba toda la sociedad aguascalentense desde el varillero comerciante transitorio y modesto, hasta los grandes capitalistas de la región y las firmas comerciales extranjeras, lo que demostraban solidez económica y prestigio del centro comercial. Desde su origen hasta el momento actual, no se puede hablar de la ciudad de Aguascalientes, sin mencionar El Parián que está ligado íntimamente a su historia y vida de sus habitantes y siempre se ha dicho que es el centro natural de reunión social de la población de la ciudad, desde niños que se recrean contemplando y comprando juguetes y golosinas, jóvenes de ambos sexos se entrevistan en sus noviazgos juveniles, personas de todas las edades que se reúnen a platicar, a jugar dados y naipes, a contar las noticias frescas del momento y en fin, a saludar a los amigos y conocidos. Muchas historias de amor han nacido en El Parián, muchas tragedias han tenido en él su desenlace fatal, muchas fortunas se han dilapidado en ese lugar y otras tantas han florecido por el trabajo y la constancia de sus tenedores. Lo cierto es que El Parián para Aguascalientes, es el resumen de sus recuerdos, y la síntesis de sus afectos. Todo lo tiene, ahí se habla de todo y todo se da, hasta la presencia de seres extraterrenos como es el caso de la presente historia.

Fue por eso años de 1880, cuando doña María del ïlar Fonseca, dama de extraordinaria hermosura y noble origen, asistía a oír misa dominical en la Parroquia de la Asunción; en eso se acercó a su banquillo un simpático y apuesto caballero de nombre don Filiberto de la Vega, descendiente de acomodada familia de comerciantes, quien discretamente le entregó una flor de clavel diciéndole: “Nos vemos esta tarde en El Parián”.

Por esa época, El Parián era el centro social de congregación de la comunidad principalmente de las jóvenes y damas casaderas, quienes en paseo vespertino, daban vuelta a la manzana del centro comercial, conversando placenteramente bajo sus portales.

El obsequio del clavel tomó por sorpresa a doña María del Pilar que turbada lo recibió y el haberlo tomado en sus manos, ya representaba un compromiso conforme al código que normaba las relaciones sociales de noviazgo en aquella época. La muchacha no sabía qué decir, ni qué pensar y el resto de aquel día representó para ella un dilema difícil de resolver. No se atrevió a comentarlo con nadie, ni siquiera con su dama de compañía. Sentía una sensación inexplicable que no sabía si era gusto o desconfianza. Por fin se llegó la tarde de ese día y con entusiasmo inusitado se dirigió al Parián en donde un apuesto joven de reconocida alta sociedad, don Filiberto de la Vega, salió a su encuentro, obsequiándole otro clave. La muchacha lo recibió con gusto y en agradable plática, dieron dos o tres vueltas al centro comercial, hasta que avanzó el oscurecer y poco antes de que las campanas de la parroquia dieran el toque de oración, los jóvenes se despidieron quedando de formal acuerdo para volverse a ver al siguiente día en El Parián.

Las normas sociales de la época eran tan rígidas que no permitían a la pareja entrevistas a otra hora y en otro lugar que no fueran en El Parián. Así, todas las tardes de muchos días, aquel par de jóvenes enamorados se veían en ese lugar, haciendo que la pasión creciera desbordantemente entre los dos.

Él le ofreció formal matrimonio a la muchacha y ésta lo aceptó, faltando solamente precisar fecha para solicitar su mano y después realizar la boda. En la sociedad de ese tiempo corrían los comentarios del próximo enlace y la novia se sentía halagada al escucharlos. Cuando todo avanzaba en formalidad y preparativos, una de tantas tardes, la muchacha acudió a sus citas cotidianas en los corredores de El Parián y grande fue su sorpresa al advertir que su prometido no había hecho acto de presencia. La novia, no se preocupo al pensar que un asunto de familia, negocio o indisposición personal de última hora le había impedido a Filiberto estar con ella, pero que otro día era seguro que lo haría pidiéndole una disculpa por su falta. Al otro día volvió la muchacha y la ausencia del novio se repitió. Así lo hizo tres, cuatro y cien tardes y don Filiberto de la Vega nunca volvió ni se supo cuál había sido su destino.

Se dijo que en un viaje que realizó a la ciudad de México, la diligencia en que viajaba había sido asaltada por bandoleros y el señor de la Vega había muerto en el asalto. Parece que la realidad fue que su padre lo comprometió en matrimonio con una dama rica de la ciudad de Guanajuato a donde lo trasladó y nunca regresó.

Doña María del Pilar enfermó de desilusión y desengaño. No hubo médico ni curandero que pudiera determinar su mal y encontrar la medicina adecuada para combatirlo. Su mal era incurable, el amor y la pasión que sentía por don Filiberto la consumían irremediablemente. Dicen que diariamente mejoraba un poco por las tardes, entonces tenía ánimo para arreglarse y maquillarse debidamente y salir al Parián, lugar donde tenía la seguridad de un día verse con su amada. El ausente nunca regresó ni se supo nada de su paradero. Doña María del Pilar fue consumida poco a poco por el amor, hasta que terminó con su existencia.

El Parián siguió su vida comercial, dando acogida a todo el que lo visita y dicen los lugareños que, desde que murió doña María del pilar, muchos de los que la conocían la llegaron a reconocer paseando por El Parián con su traje de raso negro con corpiño entallado y falda amplia y larga, botines de tacón, mantilla sevillana negra cubriendo su rostro, un clavel en una mano y un abanico semiabierto en la otra, deambulando con naturalidad y acento juvenil, por lo que es difícil diferenciarla del resto de los concurrentes.

Los años han pasado, el centro comercial ha sido remodelado varias veces para adaptarlo a las exigencias comerciales de cada época. Sin embargo, para fortuna de los aguascalentenses, sigue siendo El Parián y doña María del Pilar todavía lo sigue visitando tarde con tarde, esperando el retorno de su amado.


Manuel Lozoya Cigarroa (comp.) Leyendas del México nuestro, 1ª. parte, Ed. Durango, Durango, México, 1991, pp. 19-21.

jueves, 21 de enero de 2010

La llorona - Versión duranguense



En los primeros años del siglo XVII existió en la ciudad de Durango una hermosa mujer de nombre doña Susana de Leyva y Borja, cuya extraordinaria belleza tenía deslumbrados a todos los jóvenes de la ciudad que la cortejaban insistentemente y deseaban correspondencia a su amor.

La dama, que pisaba los veinte abriles, era consciente de su singular hermosura y con desdén poco usado descorazonaba a sus admiradores.

Por esos años llegó a estos lugares, proveniente de la capital de la Nueva España, don Gilberto Hernández y Rubio de Martínez y Nevárez, joven apuesto y elegante, de rancio abolengo y noble linaje, caballero de la Orden de Santiago y Oidor del Santo Oficio, quien cabalgando un corcel negro de pura sangre, se encontró con doña Susana precisamente en la Plaza Mayor frente a la catedral, lo que ahora es la Plaza de Armas. Al contemplar el caballero la belleza única de doña Susana, bajó de su caballo y extendió su capa sobre el piso para que pisara sobre ella la mujer del relato.

El hecho y los decires del noble origen de don Gilberto, impresionaron a la dama que correspondió con femenil sonrisa a la gallarda acción del joven pretendiente.

El noviazgo se formalizó, pero al advertirlo don Pedro de Leyva y Quirino, padre de la muchacha, la reprendió severamente prohibiéndole de manera terminante toda pretensión de matrimonio con un hombre español de sangre pura. Aunque el joven exigió las razones de tal prohibición, don Pedro se concretó a contestar:
—No tengo por qué darte explicaciones no se las daré a nadie, simplemente es una orden que debes cumplir.

Doña Susana se encontraba perdidamente enamorada de don Gilberto, razón por la que optó por huir en brazos de su amado una noche oscura y lluviosa.

En las afueras de la ciudad el enamorado improvisó una casa de campo, situada más o menos en lo que ahora es el crucero de las calles Negrete y Regato, donde estableció su nido de amor con la encantadora dama.

El tiempo pasó y pronto la pareja en amasiato procreó tres hijos que eran el encanto de la madre, quien frecuentemente le pedía al varón legalizar la unión marital para poder dar nombre sin afrentar a sus tres vástagos. Don Gilberto como única respuesta, solamente le daba un beso a la amada y le ponía en sus manos algunas monedas de oro.

Un domingo, cuando la mujer asistía a misa al templo mayor de la ciudad, después del evangelio escuchó correr las amonestaciones, en las que el cura con voz serena anunció: “La noble señorita doña Marcela Jiménez de Alanís y Ballesteros se propone contraer matrimonio con don Gilberto Hernández y Rubio de Martínez Nevárez, Caballero de la Orden de Santiago y Oidor del Santo Oficio…” etc.

Doña Susana no creía lo que escuchaba, al mismo tiempo que todas las miradas de la concurrencia se concentraron en su persona y los cuchicheos en coro la señalaban burlonamente.

Al salir del templo, tomó un coche y ordenó al cochero conducirla a casa de don Gilberto, situada en ese tiempo más o menos en lo que ahora es la calle de Hidalgo entre Pino y Cinco de Febrero.

No le reclamó la traición, solamente le pidió que no la abandonara a ella por sus hijos, que siguiera sosteniendo a quienes eran de su sangre.

El hombre iracundo le dijo:
—No vuelvas a cruzarte en mi camino, eres indigna de mi linaje… tú eres mestiza… hija de una india indeseable. Tu padre hizo mal en darte el nombre que no mereces.
Le dio un golpe con la pesada bota, cuando la mujer postrada de rodillas lo abrazaba de las piernas implorándole su protección.

La mujer rodó por el suelo, humillada y herida en lo más profundo de la dignidad humana.

Dos domingos después, cuando los esponsales se realizaban con toda elegancia y solemnidad, en el preciso momento en que el sacerdote pedía a los contrayentes que manifestaran su voluntad para la unión, una dama elegante se acercó discretamente a la pareja y simulando que pretendía colocar el lazo, sepultó en repetidas ocasiones un afilado puñal sobre el pecho y espalda del novio, que cayó pesadamente sobre el suelo, bañado en sangre.

La mujer se escurrió entre la confundida multitud, salió del templo y enloquecida corrió por la calle hasta llegar a su casa. Tanto por el rencor del despecho, como porque sabía lo que le esperaba ante el tribunal del Santo Oficio, doña Susana llegó a su casa, tomó a sus tres hijos y, antes de ser aprehendida por el alguacil y su gente, corrió rumbo al poniente tratando de ocultarse de la justicia.

No avanzó mucho, cuando llegó al arroyo entonces caudaloso, lo que ahora es la Acequia Grande, los perseguidores casi le dan alcance y en supremo intento de protesta contra las absurdas costumbres de la sociedad de la época, la mujer enloquecida degolló a sus hijos, los arrojó al arroyo y sepultándose la daga en el corazón puso fin a la quíntuple tragedia.


La ciudad entera enmudeció por lo ocurrido y, al anochecer de esa tarde de mayo en plenilunio, escuchó asombrada el aterrador ¡Aaaayyy! ¡Aaaayyy! ¡Aaaayyy! Que recorrió toda la calle que ahora es Negrete, y desde ese tiempo por más de dos siglos se llamó Calle de La Llorona.

Manuel Lozoya Cigarroa (comp.) Leyendas y relatos de Durango antiguo, Ed. Durango, Durango, México, 1987.

jueves, 7 de enero de 2010

La mulata de Córdoba - Leyenda del estado de Veracruz




Yo la vi, por ahí se fue. —Por ahí se fue. —Sí, yo la vi. —Por ahí se fue. —Por ahí se fue. Decía el hombre fuera de sí, se había vuelto loco y agarrado fuertemente de los barrotes de fierro de la celda, contemplaba la bartolina vacía, donde poco tiempo antes había estado encarcelada una de las mujeres más bellas de todos los tiempos, La Mulata de Córdoba, simplemente por el delito de no aceptar amores ilícitos con caballeros de alta alcurnia y noble origen que, deslumbrados por su belleza, la cortejaron insistentemente.
Era muy hermosa, mujer joven de entre 20 y 25 años de edad, morena clara apiñonada, con ojos grandes de color verde como el paisaje veracruzano, el cabello era alazán tostado tirado a negro, ondulado y fino que le caía graciosamente sobre los hombros y le llegaba a la cintura. Sus labios finos, siempre rojos, acusaban una frescura agradable de los cuales a cualquiera se le antojaba un beso. Era alta y esbelta, de cadera ancha bien proporcionada y piernas como torneadas por un experto en escultura. Vestía a la usanza de la época, con telas finas importadas que estaban a la altura de la clase más pudiente. Nunca se supo su origen, solamente se decía que a finales del siglo XVII o principios del XVIII había aparecido en la recién fundada ciudad de Córdoba, Veracruz, esa bella mujer que despertaba la pasión del amor en los caballeros más distinguidos y mejor plantados de ese tiempo en Córdoba y sus alrededores. Todos le daban muestras de amables cortejos y se decía que no faltó quien se quitó la capa que llevaba puesta y la tendió al piso para que, sobre ella, pasara aquella angelical mujer. La Mulata, con el corazón empedernido, se mostró sorda a todos los piropos e indiferente a todas las declaraciones y muestras de amor y siempre inconmovible y fuerte con singular indiferencia humilló con su desprecio a todos los hombres que se acercaron a ella. Cuenta la leyenda que su casa siempre estaba cerrada, no se comunicaba con nadie y solamente ocurría con diligencia a curar un enfermo cuando sus servicios como curandera eran requeridos.
Conocía las propiedades curativas de muchas plantas, era adivina, pronosticaba, con asombrosa exactitud, los terremotos, eclipses, desgracias familiares y acontecimientos agradables. Leía el horóscopo personal de sus clientes y se dice que su fama de adivinadora se extendió por muchos lugares de la Nueva España.
Un día de tantos, impulsado por la necesidad de conocer su buena o mala ventura, un influyente caballero de los círculos muy allegados al Virrey se trasladó de la ciudad de México a Córdoba decidido a consultar a la Pitonisa. La Mulata lo atendió en el más profundo secreto, como atendía a las personas influyentes que, aún creyentes de supersticiones, ante los altos círculos sociales trataban de ocultar su verdadera identidad. El hombre del relato se impresionó más de la belleza de la mujer que los halagüeños vaticinios que las cartas y líneas de la mano le marcaban y con base en sus influencias en la corte del Virrey, su linaje de caballero distinguido y su riqueza que poseía, requirió en amores a la mujer adivina. Ella, como de costumbre, no aceptó y le pidió al varón que abandonara su casa.
El afrentado salió escurrido y humillado jurando vengarse de la ofensa. Poco tiempo después, soldados de las milicias virreinales detenían a la Mulata de Córdoba y por orden del Santo Oficio, aprehendían a aquella mujer acusada de bruja, de tener pacto secreto con el diablo y, sobre todo, de realizar aquelarres, desenterrar muertos y freír niños en ceremonias diabólicas nocturnas. Algunos vecinos de Córdoba daban fe de haber visto como a las doce de la noche de todos los viernes, salían llamas grandes de la puerta de la casa sin que ésta se quemara. Sus propiedades fueron confiscadas y la mujer, amarrada y con grilletes en los pies, fue conducida al Puerto de Veracruz de donde fue trasladada a una celda en el Castillo de San Juan de Ulúa, para luego ser quemada viva con leña verde en la plaza pública del puerto.
La mujer nunca dio manifestación de angustia o abatimiento y en el corto tiempo que permaneció en el reclusorio de San Juan, trabó amistad con su centinela de vista, quien vigilaba sus movimientos constantemente. Un día antes de que se cumpliera la sentencia de ser quemada solicitó de su carcelero que le llevara un pedazo de carbón vegetal. El hombre cumplió su deseo y la Mulata, con el carbón, se puso a dibujar un barco velero en la pared del calabozo. Al mirar el centinela aquella nave tan bien pintada, que con las velas desplegadas parecía mecerse sobre las olas, le preguntó:
—¿Para qué pintó ese barco tan bonito?
Ella con la sonrisa a flor de labios contestó:
—Para irme en él y cruzar el mar.
Al mismo tiempo que dando un pequeño salto, se puso sobre cubierta del velero y se alejó, perdiéndose lentamente en la oscuridad del calabozo, dejando a la posteridad de los siglos su recuerdo en esta bella leyenda y el misterio de sus artes para desaparecer en cuerpo y alma.

Manuel Lozoya Cigarroa (comp.) Leyendas del México nuestro, 2ª. parte, Ed. Durango, Durango, México, 1991, pp. 245-246.